Odisea

La miro a lo lejos y noto su sonrisa, sus grandes ojos, su silueta y esa hipnótica cadencia al caminar con la luz que desprende a cada paso mientras se acerca a mí, un regalo a mis sentidos, a mis latidos, un sueño hermoso que me atrapa, que me estremece. Los minutos, las horas, los días junto a ella son felicidad pura, una mezcla de emociones difíciles de identificar o de explicar, que me encanta sentir, vivir y me vuelven adicto a su presencia, a su voz, a su piel, a su ser.
Ella se atreve a otorgarme su tiempo y espacio a obsequiarme su sabor, su esencia la cual enciende en mí una llama que me quema por dentro, que recorre todo mi cuerpo y explota al roce de su piel, al toque de sus manos, al sentir su abrazo, al probar sus labios. Me comparte su calor, de sus ganas y del gran erotismo que emana, me siento afortunado de que quiera estar a mi lado, de que me haya encontrado, que toque mi puerta por la mañana y permita que juntos pasemos momentos memorables llenos de caricias, de besos, de romance, de placer.
Me enloquece la ambigüedad de lo que hay entre ella y yo, de la libertad que me ofrece y la que le pertenece, de que no este a mi lado, de que no pueda ser mía mañana o esta tarde, de que me quiera dar un beso o me rechacé por mi ayer , por mi presente, el saber que probablemente no hay un futuro, que solo existen las horas donde nos fundimos, donde nos entregamos, donde nos reímos de todo. La ansiedad de ese breve momento donde la espero y no sé si llegara a tocar la puerta de mi habitación, si estará esperándome en la calle de siempre, si contestara mi mensaje o mi llamada después de irme kilómetros lejos, si querrá verme después de un largo tiempo. Esa ambigüedad, tan contradictoria que me desespera, me entristece, me enfurece, pero también me libera de dogmas y de miedos, me permite disfrutar cada segundo a su lado por fugaz o efímero que pueda ser.
Todo lo que provoca en mí, me fascina, me envuelve, me hace soñar, me hace pensar en ella todo el tiempo, en sus ojos con esos grandes lentes enmarcándolos, en su sonrisa, en su especial forma de besar que me estremece y me atrapa, su sutil manera de seducir con una mezcla de inocencia y de osadía en su mirada, en su voz, en su cuerpo. El saber que no necesita tocarme ni estar frente a mí para que este todo el día con ella en la distancia, por largas llamadas, por mensajes continuos, por conversaciones interminables por coqueteos intensos que logran que este prendido a ella.
Ella es valentía, rebeldía, es libertad, inteligencia, atrevimiento, es belleza, pasión, es erotismo, misterio, ella es todo lo quiere ser y tengo suerte de que comparta un poco de ella conmigo, que ilumine mi día, que provoque en mí tantas emociones y sensaciones, que logre sentirme vivo en su compañía, que el tiempo se detenga a su lado, que sonría tan solo de pensarla.
Y aunque le suene absurdo, eso para mí es amor, la mezcla de emociones que te llevan al extremo, la incongruencia de la razón y la pasión, la ambigüedad de los sentidos que elimina cualquier certeza a la cual aferrarse, la libertad de ser, de sentir de disfrutar lo que hoy nos entregamos sin ataduras, sin condiciones, la caótica sensación de éxtasis, de temor, admiración, de placer, de romance que te hace perder el control, fuera de toda cordura o lógica. Puedo entonces decir sin reparos que la amo.

Julio Cesar

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